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DEBILITADAS EN EL CAMPO MILITAR


Las FARC, cada vez más aisladas


Foto Ilustrativa

Son pocos los caminos que le quedan a la guerrilla colombiana de las FARC, debilitadas en el campo militar. Aunque sus líderes insisten en utilizar sus viejas posiciones para acceder a un diálogo, deben entender que ya no son vistos como los políticos de la década del 80 ni como los temerarios combatientes de los 90. Se encuentran cada vez más desprestigiados, con poca capacidad de maniobra internacional.

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Parece que estaría cerca aquella profecía según la cual a las FARC, la guerrilla más antigua de Latinoamérica, habría que combatirla y golpearla sin descanso no para aniquilarla o exterminarla sino para obligarla a negociar en condiciones favorables con el Estado colombiano.

Lo que dijo hace más de 20 años el ex presidente de Colombia, Alfonso López Michelsen, parecía una utopía, en ese entonces, porque a las FARC les restaban los mejores años en el plano militar, pero los peores en el político.

Después de la caída del Muro de Berlín, cuando murió la Guerra Fría y cuando se pensó que se le había acabado el oxígeno ideológico, esa guerrilla halló en el narcotráfico y en el secuestro su fórmula mágica para sobrevivir, aunque, a partir de ese momento, primó en ella mas el aspecto militar que el político.

Las FARC, hoy debilitadas en el campo militar, sostienen su discurso político, al punto que dicen que no se sienten derrotadas e insisten en que sólo “negociarán” si se abordan “los temas del poder y del régimen político”, si es que, a su juicio, “la decisión es encontrar soluciones sólidas y perdurable”.

Agregan que “no hemos peleado toda la vida contra un régimen excluyente y violento, corrupto, injusto y anti patriota, para ahora, sin cambios en su estructura, retornar a él”, de ahí que no acepten la desmovilización como propuesta para abandonar las armas.

Después de la premisa de López Michelsen, las FARC pasaron de tener 30 frentes a instalarse con 60 de estas estructuras en 31 de los 32 departamentos que conforman Colombia y empezaron a dar verdaderos golpes militares al Ejército, al hacer el tránsito de la guerra de guerrillas a la guerra de posiciones.

Esa estrategia que les permitió, por ejemplo, sostener un ataque en el tiempo y en el espacio, como el que protagonizaron el primero de noviembre de 1998 cuando, durante 48 horas, redujeron a los más de 100 policías que custodiaban Mitú, capital del departamento de Vaupés, en la selva amazónica, muy cerca de la frontera con Brasil.

En ese entonces, poco quedaba de esa guerrilla un tanto romántica que nació en 1964 como consecuencia de un bombardeo de la aviación oficial a un territorio del que se había apoderado un puñado de campesinos que reclamaba predios para trabajar.

Tampoco era esa guerrilla que en la década del 80, todavía muy marcada por la influencia marxista-leninista, quiso negociar con el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986), pero que fracasó en el intento de una frágil tregua, que se rompió sin que se llegara a ningún acuerdo.

Por el contrario, la guerrilla de los fines del 90 se envalentonó y llegó con exigencias de compartir el poder a los diálogos que abrió el presidente Andrés Pastrana (1998-2002) para buscarle una salida negociada al conflicto.

En promedio, las FARC asaltaban un municipio cada tres días, aniquilaban batallones enteros, bloqueaban cualquier carretera y encerraban en la selva, en verdaderas cloacas humanas, a cerca de 3.000 colombianos, entre ellos a unos 500 miembros de las Fuerzas Armadas, de los cuales aún mantienen en cautiverio a unos 20, la mayoría con más de 10 años en esas condiciones.

Los diálogos terminaron en medio del desprestigio general, porque mientras en los 42 mil kilómetros cuadrados destinados para las negociaciones no solo no pasaba nada, no había ningún adelanto, y las Farc se fortalecían en el ámbito militar, el resto del país estaba incendiado por las llamadas acciones de guerra.

Ese desprestigio lo aprovechó el ex presidente Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) para llegar a la primera magistratura y continuar con la idea que había planteado su antecesor, de fortalecer a las Fuerzas Militares para romper ese desequilibrio militar, aunque para ello tuvo que gastarse, en promedio, el 6 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Ese parece ser el punto de quiebre, porque la guerrilla fue sometida a la más agresiva campaña militar que la obligó a buscar refugio, sobre todo en las fronteras y, allí, encontró cierta complacencia o impotencia de los vecinos, en especial de Venezuela.

Desde entonces, las Farc se acogieron al intercambio humanitario (canje de guerrilleros procesados por soldados, policías y dirigentes políticos retenidos por ellas) como plataforma política para mantenerse vigente, pues tenían a su haber una ex candidata presidencial (Íngrid Betancourt), a tres ciudadanos estadounidenses y a varios congresistas y ex congresistas.

Esta situación les dio visibilidad internacional, porque inclusive el presidente francés, Nicolas Sarkozy, intentó mediar a favor de Betancourt, quien ostenta la nacionalidad gala.

También se apegaron a la ola del “socialismo del Siglo XXI”, impulsado por el presidente venezolano, Hugo Chávez, con quien se identificaron en el plano ideológico, aunque ese acercamiento produjo, de forma paradójica, sobre todo a partir de 2004, un traumático distanciamiento entre ése y el gobierno de Uribe Vélez.

En principio, el ex presidente colombiano quiso valerse de la cercanía de Chávez con la guerrilla para que sirviera de facilitador en una entrega de varios dirigentes políticos secuestrados, como preámbulo de un acuerdo humanitario.

Esa gestión quedó desautorizada de manera pública cuando, en opinión del lado colombiano, el mandatario venezolano se extralimitó, al “violar” algunos acuerdos como que todo acto se hiciera de Jefe de Estado a Jefe de Estado.

Esa desautorización y la captura en Caracas, en diciembre de 2004, del llamado canciller de las Farc, Rodrigo Granda, desencadenó la más grave crisis diplomática entre ambos países, cuyos presidentes radicalizaron su posición y empezaron una “guerra mediática”, llena de acusaciones y recriminaciones, alimentada del lado de Caracas con un agresivo lenguaje.

La tensa situación generó, en más de una ocasión, el rompimiento de relaciones, mutuas acusaciones y un desbalance comercial que, en épocas de prosperidad, se calculó en 8.000 millones de dólares anuales, el segundo más importante para Colombia después de Estados Unidos.

Hoy, esa balanza apenas llega a los 2.500 millones, pese a que, en teoría, las relaciones están restablecidas de forma total.

El gobierno de Colombia, pese al descalabro comercial, no dio paso atrás, apoyado por el éxito militar contra esa guerrilla, pues a partir del primero de agosto de 2008, entendió que, por primera vez, era posible que los jefes guerrilleros no se murieran de viejos en la selva.

Ese día, durante la polémica Operación Génesis, las Fuerzas Armadas bombardearon en territorio ecuatoriano el campamento de Raúl Reyes, uno de los hombres fuertes de las Farc, hecho que produjo de igual manera el rompimiento de relaciones entre ambos países.

El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, acusó a Uribe de violar su soberanía y Uribe respondió que la lucha contra el terrorismo, en el contexto mundial actual, no tenía fronteras, situación que también derivó en una agresiva campaña de acusaciones mutuas que, apenas ahora, trata de restablecerse con la normalización de las relaciones.

Después vinieron las operaciones Jaque, en julio de 2008, cuando el Ejército rescató a Betancourt, a los tres estadounidenses y a otro grupo de soldados y policías, quienes eran, hasta entonces, los rehenes más valiosos de las Farc y, de cierta manera, las personas que le daban peso político al intercambio humanitario.

Luego vino la Operación Camaleón que liberó a los más altos miembros de las Fuerzas Armadas en poder de esa guerrilla y el acuerdo quedó sepultado.

Por último, la fuerza pública ejecutó la Operación Sodoma, el 23 de septiembre pasado, cuando murió en su campamento de la selvas colombianas, Jorge Briceño, alias el Mono Jojoy, el más temido y temerario jefe militar de las Farc.

Esta operación se dio después de un agrio debate por la denuncia de Colombia ante la plenaria de la OEA, en Washington, sobre la presencia de campamentos guerrilleros en territorio venezolano, sobre todo, en la Serranía de Perijá y el Estado de Apure.

Por mediación de los ex presidentes Luis Inácio Lulla, de Brasil, y el  recientemente fallecido Néstor Kirchner, de Argentina, a instancias de la UNASUR y aprovechando el cambio de gobierno en Colombia, la situación hoy con Venezuela es distinta y el incidente parece estar superado.

Los mandatarios Chávez y Juan Manuel Santos decidieron mirar sólo hacia el futuro y que estos asuntos, en especial, el de seguridad y el económico, los resuelvan las comisiones nacionales conformadas en el marco del proceso de restablecimiento de las relaciones.

En ese escenario las Farc quedarían aún más aisladas, aunque pese a sus reveces militares, a la poca capacidad de maniobra internacional y el desprestigio nacional, insisten en que “un dialogo no puede condicionarse a unas exigencias unilaterales y a unos inamovibles, que como la historia reciente lo evidencia, todo lo que logran es dificultar cualquier intento de acercamiento”.

De manera adicional, dicen que no se deben poner inamovibles, como la exigencia, para ellas, de la liberación de todos los secuestrados, pero advierten que “si vamos a hablar de paz, las tropas norteamericanas deben salir del país”.

Muchos analistas dicen que estas expresiones no pueden considerarse como se consideraron en contextos anteriores, porque ahora esa guerrilla está en otro plano, más desventajoso.

En ese plano –dice- sólo le queda negociar bajo los parámetros que le plantee el gobierno si no quiere perpetuarse como un grupo sin rumbo político, totalmente criminalizado por los colombianos y la comunidad internacional, que solamente se sostiene por el oxígeno que le da el narcotráfico.

Colombia
15/11/2010



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